"Los
desgraciados también podemos mirar las estrellas" Le dije al oído mientras
ella se dedicaba a dibujarme corazones en el cuello con el dedo.
Todo esto se
lo decía mirando el infinito del cielo, pero no caí en preguntarme donde estaba
el techo.
Palabras
pausadas entre las sábanas en ese momento mi cabeza no pensaba en lo demás.
"Regálame
unas rimas" Me decía.
Nunca fui
poeta, era más de petas me tocó improvisar, sus ojos se impacientaban así que
la empecé a besar.
Cuando me
quise dar cuenta mi cabeza pensaba entre sus piernas, mis ojos se quedaban
fijos en el baile que me regalaban sus caderas y ella le regalaba sus gritos a
las estrellas que nos miraban con envidia.
Todo terminó,
mi lengua volvió a casa, sus piernas estaban débiles, todavía le temblaban.
"Es hora
de que vuelva a casa" Le dije cogiendo los vaqueros de la silla.
Preguntó si
volvería, pero para entonces yo ya no estaba en la habitación, me dijo un
cariñoso "Hasta pronto" seguido de un dulce "Te quiero" ¿Su
nombre?
No lo recuerdo.
No lo recuerdo.

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