Estábamos en la cama, los pies enredados entre las sábanas
como en otra de tantas madrugadas.
Cuatro paredes nos guardaban del resto del mundo, en la
habitación un aire cargado, un aire ilegal, un aire con la misma consistencia
que mis sueños.
A nuestros pies papel, papel con las rimas que hicieron que
sus bragas acabaran en el suelo.
Ella paseaba sus dedos por mi pecho mientras yo veía nuestra
historia reflejada en el blanco de aquel techo.
Mientras clavaba su tierna mirada de inocente enamorada en
mi me decía: "Cántame".
A lo que mi maltrecha boca contestó:
"¿Cómo te voy a cantar si ni siquiera se querer?"
Acto seguido echó el humo del cigarro de después.

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